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domingo, 20 de noviembre de 2011

Pequeños ángeles

Escribir sobre el proyecto Little angels (Pequeños ángeles) con el que pasé tres días en el lago Bunyonyi sin poder subir fotos me sabe a poco. Si tuviera conexión decente, subiría un video, os diría que los que no llevan uniforme están sin patrocinador y os dejaría en paz. Bueno, no, os añadiría una foto de la habitación que por tres días fue mía y luego sí, os dejaría disfrutar de los renacuajos bailarines. La conexión se ha asustado al intentar subir el video, así que el plan va a tener que cambiar.

El proyecto lo empezó hace alrededor de medio año Duncan, un joven empezando la veintena que, agradecido por las oportunidades que le proporcionó el tener un patrocinador extranjero que pagara sus gastos de escolarización, inició un proyecto para construir una escuela primaria para niños huérfanos y necesitados de la zona del lago Bunyonyi. Y ahí está la escuela, simple y chiquitita, pero dando a los niños la oportunidad de ir al cole. El nivel no es la leche, pero por algo se empieza: al menos tienen un sitio al que ir en el que la gente se preocupa por ellos. La recaudación de fondos ocupa gran parte del tiempo de todos los implicados, incluidos los niños, pero qué se le va a hacer, si hay que bailar con los musungus para ablandar su corazón y su bolsillo, se baila.

A mí me dejaron pasar tres días con ellos, vivendo en casa de una familia, disfrutando de las condiciones de vida habituales de la gente de por aquí: la ducha, un pozal; el baño, un agujero (ambos con su espacio dedicado separado del mundo por paredes, más o menos precarias, pero paredes); la luz, el sol, velas o una linterna; el despertador, los pájaros – el sol ayuda, pero las ventanas son tan chicas que apenas entra); la cocina, un cobertizo frente a la casa; el patio, el huerto de bananas y matoke; y pese a lo cerca que está el agua, cada gota que se usa hay que bajar a recogerla al lago – un ingeniero que se pase por la zona y les diseñe algo para subirla más eficiente que bajar con bidones, please!

Aunque ocupé el puesto de voluntaria, hacer hacer hice poco. La mayor parte del tiempo lo pasé jugando con los pequeños de la casa: hicimos pajaritas de papel (reusando el papel hasta que parecía un trapo), jugamos a las chapas con piedras y, cuando salí a tomar algo con Duncan, por fin con chapas, jugueteamos con la pantalla táctil del ordenador y poco más. En la escuela, media hora de clase de mates y mucho dejarse querer por los angelitos tratando de no generar peleas y de multiplicar las manos que una puede llegar a agarrar con cada dedo. También dimos volteretas pero cuando el calor empezó a castigar y vi que la cola lejos de reducirse se alargaba tuve que dar el alto; los riñones ya no me daban para lanzar más niños por los aires.

Las impresiones sobre Jinja, el crucero al atardecer en el lago Victoria y el rafting en el Nilo quedan para otra entrada. De momento con decir que he vuelto sana y salva del río y que me lo he pasado pipa, vale.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Descansando

La última semana ha sido una locura de vida salvaje, lluvia y barro. De algún modo nos las apañamos para desplazarnos por un país en que la definición de carretera se funde con la de camino de tierra lleno de agujeros, acampamos bajo sol y lluvia y nos mojamos tanto que no nos llegamos a secar hasta que salimos del Impenetrable Bwindi y llegamos a la “civilización”. Si intento hacer un resumen de lo que he visto estoy segura de que me voy a dejar algo importante. Según el momento me vienen a la mente unas cosas u otras: los animales, las personas - del lugar o tan forasteras como yo misma – los paisajes, los medios  (y vías) de transporte…

Acampar entre hipopótamos y jabalíes tuvo su punto y, aunque al principio costó conciliar el sueño, yo creo que fue más el dormir en el suelo y el jaleo que montaba el viento que la compañía. Ver al rey de la selva pasear por la savana haciendo paradas aquí y allá para aparearse con su compañera de viaje fue… sorprendente al comprobar el poco aguante que tiene el gran simba. Los elefantes, que desde la lejanía y la sombra de una terraza hicieron del desayuno algo especial, y desde el barco acompañando a búfalos, hipopótamos y cocodrilos hicieron de aquella una tarde memorable, se dejaron contemplar al borde de la carretera cuando ya se nos acababa la luz, poniendo la guinda a un día de safari de ensueño. Los hipopótamos – sí, los tengo que nombrar otra vez – poniendo banda sonora a nuestros sueños, asomándose por nuestro vecindario, bañándose en el río que nos separaba del Congo o en el canal por el que paseamos en barco ¡qué bonito es ese animal, mare! Los chimpancés, que acomodados en lo alto del árbol no nos hicieron andar mucho para encontrarlos pero sí estirar el cuello para poder observarlos. Los antílopes, los preciosos bushbacks (es lo que tiene aprender cosas en inglés de las que en castellano no he oido hablar en mi vida, que no sé ni nombrarlas, y ahora no tengo conexión para probar con google) y los otros, lo más rojizos cuyo nombre no consigo recordar en nigún idioma, desperdigados por la savana pastando tranquilamente, en posición de alerta cuando la leona estaba cerca, genial estampa bajo el arbolillo que acompañaba a nuestras tiendas (las fotos las subiré cuando encuentre una conexión a internet digna de intentarlo, de momento, creedme, ese bicho era precioso). De las estrellas del viaje mejor os hablo en otra entrada que si no esto va a superar el límite de atención de algunos Risa.

Estos últimos días he estado descansando en el encantador Byoona Amagara, en el lago Bunyonyi, disfrutando de las vistas, la buena comida y la biblioteca - ¡han caido casi tres libros en dos días! Ahora busco iniciar una etapa más tranquila y, con suerte, comprometida con la gente del lugar. En los escasos días que voy a pasar en donde sea que pare no me dará tiempo a ser realmente útil pero, al menos, espero conocer alguno de los proyectos que se están llevando a cabo lejos de esas altas esferas que siempre oigo nombrar asociadas con la misma corrupta palabra…

martes, 25 de octubre de 2011

Ida y vuelta a Bunyonyi

He pasado el fin de semana en las instalaciones de Byoona Amagara en el lago Bunyonyi. Bueno, debería decir que he pasado el fin de semana yendo a y viniendo de allí, porque estar, lo que se dice estar, estuve en la isla desde el anochecer del sábado hasta la una del mediodía del domingo. Byoona Amagara es un pacífico y bien mantenido lugar de retiro, que funciona de modo ecológico y además es socialmente responsable. IMG_0605

Las vistas desde la zona alta del lago son fabulosas. El tiempo no permitió disfrutar mucho, pero se le ven las posibilidades. El sitio desde el que tomé la foto se nos iba mucho de presupuesto pero llegamos justo cuando empezaba a llover y nos dejaron refugiarnos un rato, suficiente para hacer algunas fotos.

Para llegar a la isla tomamos un “taxi”, un matatu, el coche del amigo de una amiga de una amiga, y una canoa. A la vuelta optamos por la barca a motor, un taxi (casi casi como los verdad), otro matatu y de nuevo un “taxi”.

El “taxi” es un coche sobrecargado que cubre distancias medias (a menudo la misma ruta arriba y abajo) y deja y recoge gente por el camino. Tuvimos la suerte de que el nuestro se quedara sin gasolina a pocos kilómetros de nuestro destino y el conductor tuvo que tomar un boda, la versión con dos ruedas del taxi, para ir a por gasolina a la gasolinera más cercana. Los “taxis” suelen estar en zonas concretas de la ciudad y entre el conductor y los dos o tres colegas que revolotean alrededor gritando el destino final y empujando gente para conseguir llenarlo, uno ha de ir con cuidado de no meterse en el que no toca.

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Los bodas me recuerdan a las motoretas que usaban los hombres en el pueblo. Aquí los hay a cientos, todo el mundo las usa, y en ellas se transporta prácticamente de todo, incluso ataúdes (espero que fuese vacío…).

El matatu es una furgoneta sobrecargada hasta límites inimaginables, tanto que me tuvo un buen rato pensando muy seriamente en las posibilidades de este país de llegar a alguna parte si no empiezan a respetarse un poquito más a sí mismos. No consigo entender cómo siguen funcionando. El increible número de pasajeros, la penosa carretera, las paradas continuas, los enormes bultos en la baca, no tiene ningún sentido. No dejaba de pensar que aquello se iba a partir en dos en cualquier momento. Pero no lo hizo, y probablemente todavía anda arriba y abajo en la misma ruta, cargando y descargando gente como si fueran ovejas. Empiezo a pensar que los animales llevan mejor vida que las personas por estas tierras. Con tanta lluvia, la comida no les falta, y no los veo poniendo una vaca encima de otra para llevarlas a la ciudad de al lado. De hecho, no creo que las muevan.

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Yo iba en la segunda fila de pasajeros (al frente, delante de la reja, iban el conductor y dos pasajeros). Detrás de mí había dos filas más. En cada una de ellas iba más gente de la que el diseñador de semejante trasto había planeado poner. Ninguno de los pasajeros osó abrir la boca, ni siquiera pestañear, cuando el segundo conductor que también hacía las veces de recaudador les decía (ordenaba) que se apretujaran, que ahí cabía uno (o dos, o tres) más. Donde fueres haz como vieres: yo no me quejé, no abiertamente al menos, pero nos reimos, nos reimos mucho, simple y llanamente no nos lo podíamos creer.

El trozo en coche fue… no sé muy bien qué decir. Después del tramo en matatu fue agradable sentarse en un coche con el número adecuado de personas dentro. Era un 4x4 potente y en buenas condiciones, así que los baches eran incómodos pero nada más. La sorpresa vendría del otro lado de la ventana. Ver críos (y mujeres) machacar piedras con martillos que eran casi más grandes que ellos junto a la carretera no era algo que estaba preparada para digerir de camino a una remota zona turística en medio de ninguna parte. No es que este sea un país de contrastes: todo es polvoriento, todo está medio roto, nada es lujoso, pero algunos viven peor que otros. Aquí en Ishaka el hospital y la escuela de medicina mantienen los negocios en marcha y parece que todo el mundo se lleva su parte. Salir del huevo fue toda una experiencia. Supongo que vi el lugar que vine a ver. Nuestro día a día ha caido de algún modo en la rutina y todo parece muy normal, pero estoy en África al fin y al cabo.

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Algunos andábamos más relajados que otros en la canoa, pero todos nos divertimos.

El viaje en canoa fue muy agradable salvo, supongo, para el par de hidrofóbicos del grupo. Llegamos a ver la bruma subiendo desde la superficie del lago al atardecer y llegamos a la isla con luz suficiente para ver nuestros pasos. Comimos, como decía antes, como reyes. Eran más lentos que el caballo del malo, eso es verdad, pero un poco de té africano  nos ayudó a mantenernos calientes mientras los más valientes cantaban al ritmo de la guitarra española (tocada por un alemán). Por la mañana disfrutamos de la avifauna del lugar mientras desayunábamos de maravilla en un rincón encantador con vistas al lago. Nos dimos un agradable paseo y medio nos perdimos, pero el sitio es pequeño así que pronto estábamos de vuelta y listos para empezar la odisea de nuevo.

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Aquí la gente tiene mucho sentido del humor [hacia acá, hacia allá].

Cuando llegamos al hotel fue duro volver a mirar el mismo menú de nuevo. Llevo días pensando en escribir sobre la variedad en ese aspecto. Lo haré pronto. Esa entrada no será tan larga como esta.